Carlos V y el claustro de Fitero

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Presentación

El monasterio de Santa María de Fitero es una de las grandes fundaciones cistercienses de la Península Ibérica y su imponente iglesia constituye un testimonio precioso de las características tan singulares que tuvo la arquitectura de esta Orden desde su aparición a finales del siglo XI hasta bien avanzado el siglo XIII, en lo que constituye su etapa de plenitud. A pesar de su modélica organización y su extraordinaria eficacia, muchos cenobios cistercienses no pudieron completar su programa constructivo en ese lapso temporal mientras que otros se vieron forzados a renovar algunas oficinas en los últimos siglos medievales y aún después.

Desde que la Orden Cisterciense tomó la decisión de que todos sus monasterios se organizaran de un modo regular y bien pautado, tomando como punto de partida la distribución ideal de un monasterio reflejada el plano que se conserva en la biblioteca de la abadía suiza de Saint-Gall (que data de época carolingia, hacia 816-836), el claustro pasó a ser el corazón en torno al que orbitan todas las dependencias que los monjes requieren para desarrollar en armonía el tradicional ora et labora. Esto hace de él ya no solo una oficina de tránsito, sino el corazón mismo de la vida cenobítica y un mirador privilegiado para todos los que circulan por él.

No es, pues, de extrañar que el claustro haya sido punto de atención preferente en el proceso de construcción de numerosos complejos bernardos y que con frecuencia supere en interés a otras muchas estancias. Serafín Olcoz, autor de este bello libro, lo ha sabido ver muy bien para el caso del monasterio de Fitero, cuyo claustro ha tenido una historia compleja y azarosa hasta llegar a su estado actual. En sintonía con lo que acabo de indicar, la primera parte de su exposición está consagrada al análisis de la oficina claustral en tanto que núcleo aglutinador de las dependencias erigidas en torno a ella con el paso de los siglos, mientras que en la segunda la somete a una fina disección para descubrir los restos medievales que aún mantiene su fábrica y abordar, a continuación, el estudio de su reconstrucción durante la Edad Moderna. Todo ello le permite efectuar en la tercera y última parte del trabajo la revisión de los dos célebres capiteles narrativos esculpidos en los pilares angulares de la galería oriental o del capítulo, que constituyen el objetivo último de su investigación.

El claustro de Fitero fue rehecho en el siglo XVI, al tiempo que era dotado de un segundo piso clasicista ultimado en 1613. Una parte fundamental de esta empresa se materializó durante el gobierno de los dos abades Egüés: fray Martín de Egües I Pasquier (1503-1540) y su sobrino, fray Martín de Egüés II Gante (1540-1580), verdaderos artífices de la reedificación del piso bajo tal y como hoy lo podemos admirar. Al primero corresponde la galería oriental, en la que debió intervenirse entre 1536/40 y 1544 –más allá de la fecha de su deceso, la heráldica de este abad figura en las claves de dos de sus tramos–, mientras que durante el gobierno del segundo se materializaría el resto, entre 1561 y 1572.

Gracias al historiador turiasonense José Mª Sanz sabemos que en los trabajos de la galería del capítulo participó el escultor francés Baltasar Febre o de Arras, que se había instalado en Tarazona en 1536 y de quien consta falleció en 1544 mientras colaboraba en el ornato de algunos elementos de nuestro claustro, que en 1545 tasó su compatriota Pierres del Fuego, asimismo con taller en Tarazona. Entre lo realizado por el maestro Baltasar en Fitero sobresalen los soberbios capiteles narrativos de los pilares angulares de la galería del capítulo a los que ya hemos hecho alusión. Desde que Manuel García los describió en 1980, en el primero, en muy mal estado, se pudo identificar con claridad el ciclo de la Creación, mientras que en el segundo, algo mejor conservado, se vio una procesión integrada por eclesiásticos y laicos, que este autor y otros posteriores con él han interpretado como la entrada solemne del abad fray Martín de Egüés I en la villa de Fitero.

Es tarea de todo historiador riguroso no dar nada por sentado y revisar con paciencia toda la información conocida sobre cada problema y, siempre que ello sea posible, completarla con nuevos datos. Esto es justamente lo que ha hecho Serafín Olcoz en su estudio de los dos capiteles narrativos que Baltasar de Arrás esculpió en nuestro claustro. A partir de la elaboración de un meticuloso estado de la cuestión de lo que se ha escrito sobre estas bellas piezas y su contexto histórico, propone un análisis detallado de la primera corrigiendo pequeños errores en la identificación de varios personajes, lógicos si se atiende al mal estado actual de la pieza. Pero, sobre todo, lleva a cabo una nueva lectura e interpretación de la segunda que, en su opinión, ilustra la ceremonia del traslado de reliquias que se produjo en 1523, en tiempos del abad fray Martín de Egüés I, desde la sede catedralicia pamplonesa hasta nuestro cenobio. Una ceremonia en la que, según nos propone el autor, el emperador Carlos V jugó un papel determinante, pues esta entrega de reliquias contribuyó a legitimar la posición del abad, a quien el monarca concedería unos años después (en 1538) el derecho de designar sucesor en su dignidad a su sobrino para, de ese modo, lograr el respaldo de una institución navarra tan poderosa como el monasterio de Fitero a su política de consolidar la incorporación del Viejo Reino a la corona castellana consumada en tiempos de su abuelo, Fernando el Católico.

De este modo, la «creación» de la dinastía abacial de los Egüés se asocia –desde luego, con escasa modestia– a la mismísima Creación de Mundo al tiempo que estos capiteles narrativos se convierten en verdaderos relieves historiados, con un contexto definido y una intencionalidad propagandística más que evidente.

El lector tiene en su mano un trabajo riguroso, fruto de una investigación en la que maridan a la perfección el análisis in situ de las oficinas monásticas, efectuado con una atención y precisión nada comunes, y la meticulosa revisión de las principales fuentes de archivo sobre el cenobio; todo ello acompañado, por supuesto, de un perfecto conocimiento crítico de la extensa bibliografía existente sobre el monasterio. Debemos, pues, felicitarnos por poder disfrutar de una nueva y brillante contribución al conocimiento del arte del Renacimiento en Navarra y al del contexto histórico en el que se gestó la reedificación del claustro fiteriense.

Jesús Criado Mainar

Universidad de Zaragoza

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Peso 1.790 kg

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